Movimientos literarios del siglo XIX y XX

por Mariana Paré Vallejos

A lo largo de la historia, los escritores han tenido a su disposición diversas modalidades de expresión. Algunas veces se han ajustado a ellas por considerarlas correctas e imperfectibles, siguiendo lo establecido con rigidez por la tradiciones literarias. Pero otras veces se ha producido un apartamiento de esas normas. En ese momento, los autores se alejaron de lo preestablecido para imponer nuevos estilos de escritura (que, a su vez, sirvieron más tarde como modelo).

En consecuencia, la historia de la literatura se ha ido tejiendo sobre la tensión existente entre las normas prescriptivas y reguladoras y el deseo de cada escritor de distinguirse de ellas.

La presente investigación tiene como objeto analizar el panorama literario de fines del siglo XIX y el del siglo XX, haciendo especial énfasis en su influencia en la producción literaria argentina del momento, para profundizar los distintos momentos en que los escritores revolucionaron el panorama de la literatura desde su originalidad. Para ello, se tendrán en cuenta diversos aspectos, tales como:

El contexto social, económico y político a nivel mundial y nacional, que ayudarán a comprender los razones de la aparición de los fenómenos revolucionarios estéticos; las características generales de los principales movimientos literarios de la época, la mención a sus creadores, a sus principales exponentes (sobre todo en Argentina) y a sus obras representativas; los cambios que éstos últimos introdujeron en la producción literaria del momento.

Estas cuestiones contribuirán a adquirir una mayor comprensión de los hechos literarios de fines del siglo XIX y (por sentar éstos las bases de los posteriores) de la literatura del siglo XX.

Los movimientos literarios

Según el diccionario de la RAE (Real Academia Española), un movimiento (a nivel religioso, político, social, estético, etc.), consiste en “el desarrollo y la propagación de una tendencia de carácter innovador”. Desde el punto de vista específicamente poético o literario, lo define como una “variedad y animación en el estilo o en la composición”.

Las innovaciones que se han ido produciendo a lo largo del tiempo en la práctica de la escritura reciben la denominación de movimientos literarios. Cada una con sus bases y visiones particulares, estas corrientes estéticas abrieron paso a alternativas distintas, diferenciadas de forma singular de lo establecido hasta el momento para la producción literaria.

Entre 1830 y 1930, se fueron sucediendo en la Argentina los siguientes movimientos principales, que, si bien cada uno no sustituyó abruptamente al anterior, en su momento se volvió el movimiento dominante:

  1. El Romanticismo (1830-1880)

  2. El Realismo y el Naturalismo (1880-1900)

  3. El modernismo (1900-1920)

  4. Las vanguardias (1920-1925)

  5. Nuevas manifestaciones literarias (hacia 1930)

A continuación se profundizará en las características de cada período:

El romanticismo

Hacia 1830, el Romanticismo se había consolidado en Europa como un movimiento de rebelión política, espiritual y estética que hablaba de los sentimientos, aspiraciones e inquietudes de la burguesía frente al estilo neoclásico anterior, distanciado y aristocrático.

Iniciado como ruptura e innovación literaria en Alemania hacia fines del siglo XVIII, este movimiento llegó a América Latina desde Francia ya entrado el siglo XIX, dados los lazos de gran parte de la dirigencia con ideas libertarias de ese país y el contacto con los jóvenes intelectuales con la vida cultural francesa en sus largos viajes a Europa.

Durante la primera mitad del siglo XIX, en la Argentina la literatura surgió como un sistema estético con el que se representó el escenario de la lucha por la hegemonía nacional entre unitarios y federales (que imponía la práctica de la violencia estatal y del exilio forzoso como castigo para el opositor). Esta literatura del período de la anarquía primero y de la organización e institucionalización después, encontró en el romanticismo su “forma natural” de expresión. Los autores de esa época, en sus viajes por Europa, se habían nutrido con los principios del Romanticismo, pero al encontrarse con el “desierto” argentino, habitado por el “salvaje” y alejado del ideal de país que se imaginaban, se vieron ante el desafío de trasladar al interior de su escritura la realidad del propio contexto: igual pasión y rebeldía que los maestros europeos, pero diferente geografía, diferente cultura, diferente problemática, diferente lengua para expresarlas.

En este periodo los fines estéticos de la producción literaria se vieron subordinados al accionar político, lo que obedecía a la necesidad de organizar institucionalmente el país.

La trayectoria del Romanticismo en el Río de La Plata, iniciada a comienzos de la década del 1830, se extiende por cerca de sesenta años e involucra a dos generaciones de escritores: un primer Romanticismo, configurados por la producción de escritores que publican la mayoría de sus obras entre 1837 y 1860, y de un segundo Romanticismo, con aquellos que extienden su producción hasta más allá de la década de 1880.

Entre los principales escritores del primer romanticismo están Esteban Echeverría, José Mármol, Domingo F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Juan M. Gutiérrez, José María Paz, Hilario Ascasubi, Juana Manso, Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre.

Pertenecen al segundo romanticismo los escritores Olegario V. Andrade, Carlos Guido y Spano, Rafael Obligado, Estanislao del Campo, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Eduardo Gutiérrez y Miguel Cané (también se suele incluir a José Hernández en este grupo por su relación con los escritores y la cultura del segundo romanticismo, aunque este autor trasvase los límites del movimiento).

Según algunos autores, el romanticismo fue más que una manifestación artística y literaria; fue una “actitud ante la vida”, que reunió estas características:

Exaltación y culto al yo. El hombre romántico se caracterizó por su extremo individualismo y su enorme subjetividad;

Búsqueda de la libertad, tanto política como personal. Este deseo de libertad se manifiesta en literatura en el rechazo de las reglas, en la mezcla de prosa y verso, en la ruptura de las unidades de lugar, tiempo y acción, en la continua búsqueda de nuevos esquemas métricos y de ritmos más marcados. La razón, las reglas y el didactismo neoclásico son sustituidos por la imaginación, la sensibilidad y la libertad creadora;

Nacionalismo exacerbado, que se resuelve en literatura en una exaltación de los valores populares y nacionales así como en la reivindicación y búsqueda de una expresión nacional.

Intenso idealismo, que provoca la actitud combativa característica de los románticos. (Cuando ese idealismo choca con la realidad, sobreviene el desaliento romántico, que conduce a la desesperación)

A las anteriores características se suman:

La pasión como eje del pensamiento y la acción;

La visión subjetiva de la realidad (tratamiento exaltado de los sufrimientos y alegrías; postura pesimista o mesiánica según las circunstancias; el paisaje y el clima como reflejo del estado de ánimo);

El sentimiento de religiosidad frente a lo sobrenatural;

La vuelta al pasado local como fuente de inspiración y enseñanza;

El realismo

A mediados del siglo XIX, luego de años de luchas y triunfos, el movimiento romántico europeo había llegado a un punto de agotamiento: la cultura burguesa había impuesto sus pautas en la sociedad de la época; la Revolución Industrial había generado el proletariado urbano; el positivismo aparecía como la doctrina filosófica del progreso, los avances científicos y las transformaciones sociales; los escritores comenzaban a producir sus obras con una nueva estética: el Realismo.

El realismo literario comenzó en Francia con las novelas de Gustave Flaubert. Surgió como reacción frente al romanticismo, suponiendo el fin de la actitud subjetiva y evasora de los románticos ante su entorno. Los escritores realistas se propusieron reflejar el medio como ellos lo veían y no ocuparse de hechos y personajes idealizados: la realidad social, con sus problemas y sus expectativas, describir el comportamiento humano y su entorno y la representación de figuras y objetos tal y como actúan o aparecen en la vida cotidiana, pasaron a ser los objetos centrales de la obra literaria, de modo que la perspectiva del “yo” romántico quedó sustituida por la exposición impersonal y objetiva de los hechos, con fuertes rasgos del determinismo biológico y social. En efecto, el escritor realista adoptó ante la realidad la actitud objetiva propia del cronista: ambientes, conflictos y personajes fueron minuciosamente observados, descritos y analizados.

El lenguaje fue uno de los elementos mejor manejados por el escritor realista. Su afán de objetividad se tradujo en un estilo sobrio y eficaz, de gran precisión. Además, el propósito de reflejar la realidad tal como es lo llevó a reproducir el habla coloquial en todas sus variedades tanto sociales como regionales.

Por otra parte, para dar cuenta de la nueva realidad literaria, y conservando al mismo tiempo la distancia objetiva y el compromiso con la denuncia, los escritores realistas introdujeron el estilo indirecto libre, a modo de voz intermedia entre el discurso directo que el autor coloca en boca del personaje y el discurso indirecto que el autor utiliza para relatar en tercera persona lo que piensa o habla el personaje. El uso de este nuevo recurso permitió a los realistas (y luego a los naturalistas) incorporar en su escritura momentos de introspección de los personajes y reflexiones convincentes sobre sus actitudes y limitaciones, sin abandonar el tono objetivo y la óptica analítica de su escritura.

El género literario que mejor se adaptaba a las expectativas del movimiento realista fue la novela, porque, por un lado, su extensión permitía la representación detallada, totalizadora de la realidad en sus varios aspectos y dimensiones y, por otro, ofrecía la posibilidad de presentar el mundo y las relaciones sociales desde el prisma de un narrador omnisciente, capacitado para abarcar desde su perspectiva todos los aspectos de la realidad.

El propósito de captar casi fotográficamente la realidad hizo que los novelistas prefirieran los temas cotidianos y locales y que utilizaran una técnica narrativa verista, caracterizada, entre otros rasgos, por la descripción minuciosa de personajes y ambientes, el gusto por el detalle, el análisis de la psicología de los personajes y la reproducción del habla cotidiana.

La representación objetiva de la realidad no excluyó el propósito didáctico de crítica social que animó a la mayoría de los novelistas del Realismo, quienes analizaron con espíritu crítico los problemas de los distintos estratos de la sociedad.

En resumen, las principales características del realismo fueron:

El propósito de mostrar la realidad de manera objetiva;

La descripción de distintos medios y clases sociales;

La crítica social a través de la pintura de situaciones y caracteres;

La introspección psicológica de los personajes;

La importancia del ambiente sobre el carácter de los individuos;

La localización de la obra en un entorno cercano al autor (urbano, rural, etc.)

La utilización de distintas hablas según el estrato social de los personajes;

La introducción del estilo indirecto libre.

El Naturalismo

De la misma línea de objetividad realista surge el Naturalismo. Éste apareció por primera vez en las obras de los escritores franceses Edmond Huot de Goncourt, su hermano Jules Huot de Goncourt y Émile Zola, en cuyo ensayo La novela experimental (1880) expuso su teoría del naturalismo literario, según la cual la composición literaria debe basarse en una representación objetiva y empírica del ser humano, diferenciándose del realismo en que incorpora una actitud amoral en la representación objetiva de la vida. Los escritores naturalistas consideraron entonces, que el instinto, la emoción o las condiciones sociales y económicas rigen la conducta humana, rechazando el libre albedrío y adoptando en gran medida el determinismo biológico de Charles Darwin y el económico de Karl Marx.

Este movimiento se concentró en los estratos más bajos de la sociedad, acentuó en los personajes las marcas del determinismo biológico y profundizó la denuncia social sobre las condiciones de vida de esos estratos.

Los escritores naturalistas, influidos por el positivismo y el interés creciente por la sociología, lo que incorporaron al realismo fue un “toque científico”: consideraron que la realidad es un gran laboratorio en el que realizaban sus observaciones sobre la naturaleza humana y sobre la sociedad, las cuales fueron el material constitutivo de su literatura.

Los principales rasgos del naturalismo se basaron, entonces, en la profundización y sectorialización de las características del realismo:

La pintura de los estratos más bajos de la sociedad;

La concepción determinista de la existencia (el origen genético y social determinan la conducta de los individuos);

La observación y el registro directo de las situaciones y personajes que se describen;

La voluntad explícita de denuncia y de transformación social.

Con el realismo y el naturalismo, los héroes literarios románticos, siempre exaltados por la pasión o deprimidos por la tristeza, dieron paso a la mujer y al hombre común presentados en sus grandezas y en sus miserias como juguetes del destino: enfrentados a su falta de oportunidades y de poder, su mediocridad, las marcas de su origen o la mala suerte, poco podían hacer, salvo, a veces, recurrir a picardías engañosas o sublimar sus destinos con momentos de dolorosa redención.

En Sudamérica, la aparición del realismo y su variante naturalista (en una corriente que buscó sobre todo analizar los problemas étnicos y sociales a través de la conducta de los personajes) coincidió con el período de asentamiento institucional (esto es hacia 1880), y en la Argentina, con las oleadas inmigratorias y la puesta en práctica del modelo agroexportador.

En nuestro país, la narrativa realista se afianzó en las obras de Carlos María Ocantos, quien figura en la primera promoción de escritores adscritos al realismo y, en una colección de veinte volúmenes llamados Novelas argentinas, intentó una descripción de la sociedad de su tiempo, en la cual un núcleo fundacional criollo de estirpe hispánica resiste a la oleada corruptora de la inmigración.

Por otro lado, fue el escritor Eugenio Cambacérès el máximo representante del naturalismo en la Argentina, quien, inspirado en las ideas de Émile Zola, en la filosofía del positivismo y la teoría de la evolución, lo introdujo con obras como Sin rumbo (1885) o En la sangre (1887), a la que se adscribieron también Juan Antonio Argerich, Manuel T. Podestá y Francisco Sicardi (quien estudia la evolución de una familia argentina a través de varias generaciones, poniendo especial interés en la influencia del medio y de la herencia, para concluir que la sociedad sudamericana produce sujetos afectados de abulia, desorientación y tedio).

Durante la década de 1880, las manifestaciones iniciales de las escuelas realista y naturalista coexistieron con obras literarias románticas en las que el tono de exaltación combativa de los años del primer romanticismo había dado lugar a la segunda fase del movimiento, caracterizado por una escritura más serena e intimista.

El realismo como práctica de escritura y como intencionalidad estética continuó siendo el movimiento dominante de la literatura argentina durante las primeras décadas del siglo XX, solapándose con la renovación modernista.

El modernismo

La palabra modernista fue introducida en España hacia 1884 para designar despectivamente a los jóvenes que intentaron romper con la estética del Realismo, vigente durante la segunda mitad del siglo XIX. Por esta vía se introdujo el Modernismo para nombrar a una nueva corriente que enlazaba con las ideas posrománticas españolas, a la vez que incorporaba las concepciones estéticas que llegaban de América y de Francia.

En el panorama literario francés de la segunda mitad del siglo XIX surgieron dos corrientes, el Parnasianismo y el Simbolismo, que, con la propuesta de una renovación estética profunda (basada en la ruptura de las convenciones poéticas del momento), influyeron decisivamente en los postulados del Modernismo y de otros movimientos literarios del siglo XX. La síntesis entre el espíritu americanista y estas corrientes dio nacimiento al movimiento modernista:

El Parnasianismo, que reunió a poetas de tendencias diversas bajo el magisterio de Théophile Gautier. Todos ellos reaccionaron contra el subjetivismo romántico e instauraron una poesía de corte objetivo, caracterizada por la utilización de un léxico escogido. De esta corriente, el Modernismo tomó la noción de “el arte por el arte” y el gusto por lo refinado y por la perfección formal;

El Simbolismo iniciado por el poeta francés Paul Verlaine que fue, según el poeta griego Jean Moréas, una corriente “enemiga de lo didáctico, de lo declamatorio, de la falsa sensibilidad, de la descripción objetiva”; en suma, una corriente opuesta al realismo y al espíritu científico en boga. Los simbolistas concebían el universo como una realidad misteriosa, llena de correspondencias entre los objetos que lo componen. El papel del poeta es sugerir esas correspondencias por las que un objeto evoca a otro. El símbolo y la sinestesia se convirtieron entonces en los recursos más destacados de un arte subjetivo que persiguió sobre todo la musicalidad, el ritmo y el poder de evocación de las palabras. El simbolismo animó a los escritores a expresar sus ideas, sentimientos y valores mediante símbolos o de manera implícita, más que a través de afirmaciones directas. Los simbolistas rechazaron las tendencias anteriores del siglo (el romanticismo de Victor Hugo, el realismo de Gustave Flaubert o el naturalismo de Émile Zola) y proclamaron que la imaginación era el modo más auténtico de interpretar la realidad. Al mismo tiempo se alejaron de las rígidas normas de la versificación y de las imágenes poéticas empleadas por sus predecesores, los poetas parnasianos. Del Simbolismo, el Modernismo tomó el gusto por la música, lo que conllevó numerosas innovaciones métricas y la tendencia a incorporar símbolos, sinestesias y todo tipo de imágenes sensoriales.

El movimiento modernista en la lengua española tuvo un doble origen: en España, con Salvador Rueda (quien inició la ruptura del prosaísmo en la poesía realista, buscando una renovación métrica y reivindicando la imaginación y el sensualismo) y en Latinoamérica, donde se gestó un movimiento de renovación poética, que tuvo como figuras destacadas a José Martí y, sobre todo, al poeta nicaragüense Rubén Darío.

Aunque Rubén Darío no es considerado el creador del Modernismo sino más bien el exponente más visible del mismo y el principal impulsor de la renovación métrica que se produjo en esos años, la crítica ha tomado a 1888, año en que publica su libro Azul…, como fecha de iniciación del movimiento, y a 1896 (año de publicación de Prosas profanas) como la fecha de su consolidación.

Cabe señalar que era la primera vez que un movimiento literario de habla hispana surgía en América e iba hacia España, donde triunfaría como nueva estética.

El movimiento modernista se destacó sobre todo por la búsqueda de una belleza absoluta como medio de huir de la realidad cotidiana, característica que marcó sus rasgos más notorios:

Los escritores modernistas mostraron un culto por la belleza formal (tomaron como símbolo de belleza al cisne) que los condujo a investigar nuevas formas de expresión, tanto en poesía como en prosa;

Los autores escribieron con un fin exclusivamente estético;

La ruptura de lo cotidiano se resolvió con la búsqueda de lo irreal y lo exótico: las princesas, las hadas, los cisnes, la evocación de tiempos pasados son frecuentes en la literatura modernista;

Las obras contienen frecuentes alusiones a la música y a los colores, buscando crear impresiones sensoriales.

Además, el ideal de belleza absoluta de los modernistas procuró grandes innovaciones en la lengua literaria:

La métrica experimentó una notable renovación, ya que adaptaron al castellano los ritmos latinos y las formas métricas francesas, a la vez que revitalizaron estrofas que habían caído en desuso, como la cuaderna vía, e inventaron variaciones sobre formas métricas establecidas como sonetos de trece versos y cuartetos de versos alejandrinos.

Las palabras se seleccionaron por su exotismo, su capacidad de evocación o sus cualidades rítmicas, evitando siempre lo vulgar;

Se recurrió con frecuencia a la sinestesia como medio de despertar impresiones sensoriales.

Entonces, las principales características del modernismo pueden resumirse en:

La reacción contra el subjetivismo exagerado de la estética romántica y la objetividad del realismo;

La combinación innovadora de elementos parnasianos y simbolistas;

La literatura aristocrática: Visión estetizante/decadente de la realidad;

La renovación del lenguaje poético: importancia del trabajo sobre la palabra, búsqueda de la perfección formal y la musicalidad, predominio de imágenes sensoriales, uso frecuente de la sinestesia como recurso poético, innovaciones métricas, creación de espacios poéticos exóticos;

Exaltación del americanismo.

En la década de 1890 Rubén Darío se instaló en Buenos Aires, ya como líder indiscutido del movimiento modernista. En esta época, la Argentina se había integrado a la división internacional del trabajo como exportadora de materias primas.

En Buenos Aires, Darío conoce a su principal seguidor, Leopoldo Lugones. En torno a ellos se reunieron modernistas de diverso origen, como Ricardo Jaimes Freyre, Eugenio Díaz Romero, Leopoldo Díaz y Luis Berisso. La prosa modernista se manifestó en las novelas de Enrique Larreta, Ángel de Estrada y los comienzos del uruguayo Horacio Quiroga, afincado en Argentina, en caso similar al de su paisano Florencio Sánchez, (primer nombre relevante del teatro nacional).

La literatura modernista en la Argentina coincidió también con las luchas finales por la obtención el voto universal, secreto y obligatorio para todos los ciudadanos (varones) y con el primer gobierno del radical Hipólito Irigoyen, elegido presidente en 1916 como resultado de la aplicación de dicha ley.

Agotado como estética hacia 1920, el modernismo da paso al postmodernismo/ neorromanticismo de Alfonsina Storni, a la poesía de Carriego y al “sencillismo” de Baldomero Fernández Romero.

Las vanguardias

En las primeras décadas del siglo XX se habían expandido por el mundo los inventos modernos como la luz eléctrica, el telégrafo, el teléfono, el fonógrafo, los transatlánticos, el automóvil y el aeroplano (patentados en su momento en Europa y los Estados Unidos).

En esa vorágine de transformación y novedad, los escritores y artistas de la época convirtieron a su práctica en una suerte de laboratorio estético, destinado a experimentar con las creaciones simbólicas y sus diversos lenguajes. Estos grupos surgieron con una propuesta que obedeció a la necesidad de renovación estética tanto en las artes pláticas como en las letras. Las escuelas literarias de este movimiento cultural fueron posteriormente agrupadas por la crítica bajo el nombre común de vanguardias.

La palabra vanguardia proviene del francés avant-garde y designa a los hombres que van adelante. En un principio, la palabra estaba vinculada al ámbito militar y aludía a los soldados que iban adelante preparando el terreno para que pasara la parte más importante del ejército. En la esfera cultural, la palabra adquiere la significación del impulso “guerrero” de los movimientos, cuyos representantes se consideraron ubicados en puestos de avanzada en el campo del arte y en contra de todo lo académico ya establecido, expresándose mediante la ruptura de las propuestas estéticas del pasado.

El objetivo principal de las vanguardias consistió en modificar los antiguos sistemas de representación, es decir, el realismo y el naturalismo en la literatura, alejándose de sus postulados. Tanto el sistema de representación realista como el naturalista, que se basaban en la observación de la realidad para luego recrearla, fueron el blanco de los movimientos renovadores.

Se trató de un fenómeno mayoritariamente urbano y de las grandes capitales, como Madrid, Buenos Aires, París, Moscú y Milán.

Algunas estrategias comunes a todos los movimientos vanguardistas consistieron en la formación de grupos, la expresión de sus objetivos, propuestas, posiciones estéticas y antagonismos mediante manifiestos y la creación de revistas, que serían el medio privilegiado para desarrollar sus ideas.

Las vanguardias se iniciaron con la aparición del Futurismo en 1909, cuando el escritor italiano Filippo Tommaso Marinetti publicó un manifiesto en el que proclamaba su desprecio por el amor, por la sensibilidad, por la mujer, por la luna, y su admiración por todo aquello que significara progreso: la industria, las máquinas, los deportes, los inventos y, sobre todo, la velocidad. Se presentó como una antitesis violenta contra el arte oficial y postuló la glorificación de todos esos conceptos, que adquirieron una nueva significación a partir del siglo XX.

Marinetti abogó en su Manifiesto Futurista (ver anexo 1, pág. 16) por destruir la sintaxis, emplear el verbo solo en infinitivo y suprimir del discurso los adjetivos, los adverbios y los signos de puntuación. También propuso deshumanizar la obra de arte evitando cualquier referencia al yo.

Otro movimiento que dio inicio a las vanguardias fue el Cubismo literario, creado por el escritor francés Guillaume Apollinaire como derivación del Cubismo pictórico de Pablo Picasso, Georges Braque y Juan Gris. Al igual que éste, el Cubismo literario pretendió la descomposición de la realidad para recomponerla libremente. El desarrollo argumental se sustituyó por un conjunto de imágenes visuales y conceptos, que se presentan simultáneamente desde distintos puntos de vista.

Por influencia del Futurismo, el Cubismo literario concedió mucha importancia a los aspectos tipográficos que pueden realzar la presentación del poema, hasta el punto que a veces los versos representan las líneas de un dibujo. A esta especial disposición se la denomina caligrama, por haberla utilizado Apollinaire en su obra Calligrammes.

Las vanguardias tomaron fuerza con el dadaísmo y el surrealismo o superrealismo.

El movimiento Dadá fue fundado en 1916 por el editor, ensayista y poeta rumano Tristán Tzara, el escritor alemán Hugo Ball, el artista alsaciano Jean Arp y otros intelectuales de Zurich (Suiza) (ver anexo 2, pág. 16).

El nombre de este movimiento alude al balbuceo infantil (además de significar “caballito de juguete” en francés) y se dice que el término fue elegido por Tzara al abrir al azar un diccionario en una de las reuniones que el grupo celebraba en el cabaret Voltaire de Zurich.

Según Tzara, dadá nació de una rebelión que en aquel momento era común a todos los jóvenes y expresaba la exigencia de una adhesión completa del individuo a las necesidades de su naturaleza. Se consideró la expresión de una protesta nihilista contra la totalidad de los aspectos de la cultura occidental, en especial contra el militarismo existente durante la I Guerra Mundial e inmediatamente después.

Por otra parte, el dadaísmo propugnó la abolición de la lógica, el quebrantamiento de las normas, la liberación de la fantasía y la creación de un lenguaje incoherente que fuera reflejo de las contradicciones grotescas y de las incongruencias de la vida.

Con el fin de expresar el rechazo de todos los valores sociales y estéticos del momento, y todo tipo de codificación, los dadaístas recurrían con frecuencia a la utilización de métodos artísticos y literarios deliberadamente incomprensibles, que se apoyaban en lo absurdo e irracional. Sus representaciones teatrales y sus manifiestos buscaban impactar o dejar perplejo al público con el objetivo de que éste reconsiderara los valores estéticos establecidos.

Como movimiento, el Dadá decayó en la década de 1920 y algunos de sus miembros se convirtieron en figuras destacadas de otros movimientos artísticos modernos, especialmente del surrealismo (a mitad de la década de 1950 volvió a surgir en Nueva York cierto interés por el Dadá entre los compositores, escritores y artistas, que produjeron obras de características similares)

Aunque fue un movimiento efímero, el dadaísmo contribuyó a sentar las bases del Surrealismo.

El Surrealismo o Superrealismo nació en 1924, año en que el poeta francés André Breton lanzó su Manifiesto del surrealismo.

El objetivo del Surrealismo fue liberar totalmente al individuo de las ataduras racionales, morales y estéticas que impiden que se manifieste tal como es. Por eso los surrealistas concedieron gran importancia a lo onírico, es decir, al mundo de los sueños, ya que durante el sueño surgen sin trabas las fantasías y los deseos que se ocultasen el subconsciente del individuo.

Uno de los métodos propuestos por los surrealistas para acceder al subconsciente fue la “escritura automática”. Este procedimiento consiste en un rápido monologo que transcriba con fidelidad el pensamiento sin que la razón ejerza ningún tipo de crítica sobre los pensado. El resultado de la escritura automática es la creación de un lenguaje ilógico pero sugerente, dirigido a provocar reacciones subconscientes en el receptor. La sintaxis se rompe y la puntuación desaparece, pero a la vez surge un conjunto de imágenes evocadoras que contrastan con la realidad circundante.

Las vanguardias europeas llegaron a América e impactaron a los creadores, que adoptaron sus características y las recrearon.

En el mundo de habla hispana, la nueva estética adoptó los nombres de creacionismo y de ultraísmo.

El Creacionismo fue, por la procedencia de su fundador, un movimiento de filiación hispanoamericana, pero nació ligado a los movimientos europeos de vanguardia. Fue fundado por el primer poeta vanguardista de Hispanoamérica, el chileno Vicente Huidobro. Para éste, el poeta debía huir de la descripción e imitación de la naturaleza o de la realidad para crear realidades nuevas e independientes, esto es crear un nuevo mundo con sus propias reglas. “Hasta ahora –explica Huidobro- no hemos hecho otra cosa que imitar el mundo en sus aspectos. No hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado ante nosotros, rodeando nuestros ojos? [...] Hemos aceptado sin mayor reflexión el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias.”

Según Huidobro, “un poema creado es un poema en que cada parte constitutiva y todo el conjunto representan un hecho nuevo, independiente del mundo externo, desligado de toda otra realidad que él mismo es algo [...] que no puede existir en otra parte que en la cabeza del poeta”. Las ideas de Huidobro sobre la autonomía de la creación artística se resumen en estos versos: “¿Por qué cantáis la rosa, oh poetas?/Hacedla florecer en el poema.”

El Ultraísmo surgió hacia 1920 como una conjunción de elementos futuristas, cubistas, dadaístas y creacionistas. Su objetivo era “ir más allá de la realidad y de las estéticas pasadas y consagradas” (según sus iniciadores españoles, entre los que estaba el crítico Guillermo de Torre y a los que frecuentó el joven Borges), proponiendo una renovación radical en el lenguaje y en los temas poéticos. Los autores ultraístas consideraron la metáfora y la imagen como eje del poema y propusieron la deshumanización de la poesía mediante la supresión de la anécdota y del sentimentalismo.

Si bien los diferentes movimientos vanguardistas tuvieron sus características propias, existieron ciertos rasgos comunes a todos ellos:

El quiebre con los preceptos académicos y con la normativa: se deseaba crear un arte nuevo, ya que las normas “esclavizan” al creador;

La búsqueda experimental de una nueva expresión: La escritura de las vanguardias hizo un uso desaforado de la metáfora, de la asociación inusitada de imágenes y de la liberad sintáctica e introdujo en la literatura algunas innovaciones duraderas: el verso libre, el mundo onírico como una realidad otra, la reflexión sobre el lenguaje como objeto (artefacto) y como práctica (artificio), la desacralización del arte y el humor desopilante.

La valoración de lo irracional como modo de percepción del mundo: varios de estos movimientos (en especial el surrealismo) desvalorizaron la vigilia como momento ideal para crear, y por lo tanto, consideraron que los estados de semiconciencia, cercanos al sueño, son perfectos para desarrollar la labor creativa;

El feísmo: el arte vanguardista buscaba provocar una reacción en el destinatario y para lograrlo se valió de lo desagradable;

El arte no figurativo: las vanguardias se declararon en contra de un arte imitativo de lo externo;

La nueva disposición geográfica: las palabras se distribuyen en el papel con total libertad. Los vanguardistas suprimieron los signos de puntuación y los conectores; es frecuente en el verso la pérdida de la rigidez de la rima y la métrica fijas.

La expresión de sus ideales artísticos y su concepción del mundo a través de manifiestos y revistas literarias;

El deseo de aunar todas las artes: literatura, pintura, música, etc. Por ese motivo el poema puede adquirir, a través de la distribución de las palabras, la forma del objeto descrito (como en el caso de los caligramas).

En Argentina, Jorge Luis Borges creó la revista mural Prisma, y más tarde, Proa, la cual se convirtió en la difusora de la vanguardia nacional.

El grupo vanguardista del país se concentró tras la revista Martín Fierro a partir de la publicación de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo, quien en 1924 escribió el Manifiesto martinfierrista (ver anexo 4, pág. 16), en el que declaró sus principios a la manera de los movimientos vanguardistas europeos. Girondo junto con Evar Méndez (el director de la revista), Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes, Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal, Ricardo Molinari, Alfredo Brandán Caraffa y Macedonio Fernández, entre otros, integraron el Grupo Florida (tal denominación se debe a la calle del centro de Buenos Aires donde funcionaba Martín Fierro). Borges había llegado de España en 1921 trayendo las ideas ultraístas, las cuales fueron el fundamento que llevaron adelante los miembros de la revista. Lo nuevo en poesía, entonces, debía dar cuenta de los estados internos del poeta, mediante el uso de la metáfora y el verso libre, alejado de las leyes del ritmo y de la estrofa clásica.

Para este grupo era necesario crear un espacio para que sus obras pudiesen ser leídas por un público que, hasta ese momento, estaba acostumbrado al realismo en la prosa y a la estética modernista en la poesía.

Además, a los vanguardistas argentinos les preocupaba encontrar en medio de tanta innovación, una voz propia, una expresión diferenciada de los modelos europeos. Así rechazaron los temas solemnes y asumieron la ironía y el humor, mezclaron lenguaje literario y coloquial y poetizaron el suburbio y los arrabales.

Al tratarse de un movimiento de ruptura con los cánones estéticos convencionales, los escritos de las vanguardias entremezclaron prosa y verso, palabras y dibujos, elementos ficcionales y no ficcionales, etc.

Esta nueva propuesta estética de las vanguardias contribuyó a la desintegración de la división histórica de los géneros, abriendo nuevos caminos para la literatura.

Nuevas tendencias hacia 1930

Hacia fines de la década de 1920, el panorama sociopolítico europeo de la primera posguerra mostraba, por una parte, el socialismo consolidado en la Unión Soviética y por la otra, el crecimiento del nazismo en Alemania con Adolfo Hitler cada vez más cerca del poder. Con la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929, la economía de los Estados Unidos colapsó y el mundo se vio arrastrado a una crisis financiera de la mayor envergadura y magnitud. En ese marco, muchos escritores comenzaron a pensar que su literatura no era más de posguerra, sino de preguerra.

Desde el triunfo de la Revolución Rusa de 1917, el socialismo se hallaba en continua expansión a través de los partidos de izquierda que actuaban en los distintos países; estos partidos, de corte internacionalista, se caracterizaban por tener una fuerte política editorial y de difusión cultural entre los sectores medios y bajos de la sociedad.

Pero, como Manuel Lamana dice (1967), “[...] hacia 1930 algo nuevo ocurre. Las ideas que exponen los autores son otras. La nueva generación parece más reflexiva, más enfrentada a los problemas inmediatos. Los escritores se vuelcan más al ensayo como forma de expresión y parece cultivarse menos la poesía. Incluso encontramos novelas cargadas de ideas políticas, de intenciones sociales. Diríase que estamos en busca de un nuevo humanismo.”

En un clima de crisis e incertidumbre que fue creciendo, tanto en Europa como en América, a lo largo de las década de 1920 y 1930, se produjeron numerosos ensayos que daban cuenta de las variados ángulos de la situación, obras narrativas de experimentación con el lenguaje y presencia de inquietantes mundos interiores, nuevas temáticas ligadas tanto a la denuncia como a la desazón social, poesías con recuperación de sentido en una practica de absoluta libertad formal.

En esas décadas publican sus obras el irlandés James Joyce, los norteamericanos Scott Fitzgerald y William Faulkner, los franceses Valèry, Aragon y Malreaux, los italianos Pirandello y Ungaretti, el griego Kavafis, el portugués Pessoa, los españoles Valle Inclán, Unamuno y García Lorca, el ruso Maiakowski y el peruano César Vallejo. Fue también el momento en que los escritores norteamericanos de la “generación perdida” abandonaron definitivamente su país para vivir en Europa.

En América Latina era la época del indigenismo (y de la gran “narrativa indigenista”, concientizadora y propositiva) en su doble vertiente: preservar al indio en su cultura o integrarlo en la sociedad de manera valorizada. Paralelamente la Revolución Mexicana logró estabilizarse en el poder, y con los años cruentos y con la incipiente estrategia institucional como referente narrativo, se fue configurando un importante y singular ciclo de “novelas de la revolución”.

Con respecto al panorama argentino de la época, con la aplicación de la Ley Sáenz Peña, el Radicalismo había ganado las elecciones nuevamente (con la elección de Yrigoyen en 1928). Desde el primer día de su segunda presidencia comenzó a desplegarse la estrategia conspirativa que, en 1930, inició en el país la violencia de los golpes de Estado para derrocar a un gobierno elegido por el pueblo.

El desconcierto y el malestar entre la intelectualidad democrática fue grande y dio lugar a que comiencen a escribirse nuevamente grandes ensayos de la identidad nacional: El hombre que está solo y espera de Raúl Scalabrini Ortiz (uno de sus textos más decisivos en cuanto a la identidad nacional, en el que caracteriza a un modelo de argentino ensimismado y silencioso, que aguarda pacientemente la llegada del momento de la liberación nacional) y el influyente ensayo Radiografía de la Pampa de Ezequiel Martínez Estrada aparecieron en los primeros años de la década del 30.

Pocos años después, durante la década de 1940, Eduardo Mallea situó su principal producción con centro en problemas nacionales y presentando a unos individuos categorizados entre “lo visible” (falsos valores, vida social) y “lo invisible” (la vida interior), publicando posteriormente Historia de una pasión argentina.

La influencia del escritor francés Roman Rolland (antifascista y pacifista) sobre el pensamiento latinoamericano de izquierda fue muy amplia. En la Argentina, fue especialmente significativa en los escritores ligados a la revista Claridad del Grupo Boedo: César Tiempo, Leónidas Barletta; Roberto Mariani, Raúl Gonzalez Muñón, Enrique Amorim, Nicolás Olivari, Álvaro Yunque y Elías Castelnuovo, entre otros.

Este grupo se aproximó a la literatura revolucionaria para denunciar los aspectos más sombríos del hombre y de la sociedad, como suelen ser las consecuencias de la pobreza en un mundo regido por las leyes del capitalismo. Los escritores de Boedo se enfrentaron a la literatura romántica y vacía de contenido social. Éstos expresaron su postura mediante fiches que pegaban en las calles o notas editoriales. Dos de estos se consideraron significativos: un afiche firmado por Barletta y Olivari que expresaba su adscripción al realismo y una nota editorial publicada en 1926 en Los pensadores que, bajo el título de “Nosotros y ellos”, representó la más clara definición del grupo, ya que en ella planteaban que “[...] La literatura no es un pasatiempo de barrio o camorra, es un arte universal cuya misión puede ser profética o evangélica”.

Como se ve en este fragmento, para los escritores de Boedo la literatura no era un entretenimiento pasajero ni un elemento decorativo; era un medio para transmitir las ideas revolucionarias; debía utilizarse para transformar la realidad en la que estaban inmersos, al mismo tiempo que mostraba las injusticias y los sufrimientos de los sectores más pobres. Su preocupación residía, y en esto se diferenciaba del realismo, en cómo hacer más efectiva la literatura.

Entre 1924 y 1927 aparecía por segunda vez la revista Martín Fierro. La ideología que postuló tuvo dos ejes centrales: una mirada crítica hacia la tradición literaria (representada en particular por el realismo, el simbolismo y el modernismo), y una postura ambivalente hacia el público, al que, por un lado, denominaba en su manifiesto “hipopotámico e impermeable”, porque le resultaba difícil aceptar las nuevas ideas, y por otro, le exigían una nueva sensibilidad, una nueva mirada hacia el arte vanguardista y una nueva forma de plantearse la escritura, a partir del uso del lenguaje coloquial.

Con respecto al grupo de Florida, la mayoría de los poetas, con excepción de Girondo, abandonaron la vanguardia y se volcaron a un lirismo neorromántico, volviendo a trabajar la innovación sobre el verso clásico (Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal, por ejemplo).

En la misma línea de perfección y el equilibrio formal, la poesía de Borges profundizó en la temática del suburbio y de la historia personal/nacional. En 1928, publicó un nuevo libro de ensayos, El idioma de los argentinos (ver anexo 5, pág. 16). En él aportó conceptualizaciones interesantes a la discusión sobre la conveniencia o posibilidad de hablar y producir una escritura con características propias, distintivas de lo nacional.

También en 1928 Macedonio Fernández (gran admirado de Borges) publicó No todo es vigilia la de los ojos abiertos, un libro singular, crítico, humorístico y desencantado, con “ensayos” de inquietudes metafísicas tratadas desde la ironía y dislocadas hasta el absurdo.

Desde fines de la década de 1910, la política cultural de los partidos de izquierda había contribuido a la difusión de sus pensadores internacionales entre un nuevo público consumidor de literatura en ediciones populares, que incluían, entre otras cosas, novelas realistas rusas y novelas francesas de folletín.

En esas ediciones Roberto Arlt leyó, entre otros, a Dostoievski y a Ponson du Terrail, y esa lectura, junto con la de revistas de divulgación técnica también populares en la época, impactó en su escritura.

Arlt no perteneció ni al grupo de Florida ni al de Boedo, aunque mantuvo una estrecha relación con ambos. En 1926, publicó en la revista Proa el primer capítulo de su novela El juguete Rabioso. En ellas, al igual que en Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), describe a tipos marginales o extravagantes de la periferia porteña, embarcados en el delito, la soplonería, la revolución o imposibles empresas industriales, todo entremezclado sin responder a un estricto dogma ideológico y signado por el fracaso o la traición. Estas obras se caracterizaron por un nuevo realismo introspectivo reformulado y profundizado, con personajes ciudadanos lastimados que oscilan entre la ilusión de transformar el mundo y la amargura de la derrota cotidiana. Luego escribió otras novelas, cuentos y obras de teatro, aunque también se volcó al periodismo publicando, entre otros, Aguafuertes porteñas, especie de crónicas breves sobre la actualidad.

Tanto su actividad de escritor de novelas y cuentos como la de periodista permiten vislumbrar en Arlt una continua relación entre escritura y dinero. Escribir para el mercado no sólo le dio prestigio, sino que también le posibilitó contar con los ingresos necesarios para vivir. En este aspecto, Arlt representó en la década del 20 la figura del escritor profesional, aquel que vive de lo que escribe y que entabla una relación directa con el mercado de bienes simbólicos.

Un nuevo teatro también tuvo lugar hacia 1930. Este se caracterizó por una definida intención y compromiso social transformador (Leónidas Barletta) y otro de una conflictividad dramática profunda y compleja, con personajes que muestran que nada, ni lo abyecto ni lo sublime, es nunca lineal (Samuel Eichelbaum).

Sintetizando, las características de las nuevas tendencias fueron las siguientes:

La consolidación de la figura del intelectual

La conciencia de la crisis desde esa perspectiva

La escritura agónica y reflexiva

La literatura de denuncia

La disponibilidad de nuevas herramientas literarias

La recuperación renovada de tendencias estéticas anteriores

La visión crítica de la ciudad y del país rural.

Todos estos ensayistas, poetas, narradores y dramaturgos, disponen en la “entreguerra” de nuevas herramientas literarias, conceptuales e ideológicas “inventadas” por sus pares europeos y norteamericanos, a los que reformulan y transforman en su práctica de escritura; la literatura como arma de combate y transformación; el ensayo como forma critica de la ideología; el imaginario surrealista; la libertad formal y la “poesía pura”; el monólogo interior, la ruptura de la temporalidad lineal, la enumeración caótica, las técnicas del fluir de la conciencia y del punto de vista; la reescritura de tendencias estéticas anteriores (barroca, romántica, realista), etc.

Con estas y otras herramientas de innovación, atravesadas por las calamidades nacionales e internacionales de las décadas de 1930 y 1940, los escritores emprenderán, hacia 1950, otra gran transformación de la literatura contemporánea, en la que los latinoamericanos ocuparán un papel central.

Conclusión

El análisis de los cambios e innovaciones en la literatura que tuvieron lugar en la Argentina y en el mundo hacia fines del siglo XIX y durante el siglo XX permiten distinguir cuáles fueron los principales movimientos surgidos en la época:

El Romanticismo, surgido hacia 1830 y que en el país reflejó el período de la anarquía primero y de la organización e institucionalización después, caracterizándose por el culto al “yo”, el idealismo y la búsqueda de identidad nacional;

El Realismo y el Naturalismo que surgen hacia mediados del siglo XIX como oposición a la subjetividad del Romanticismo y pretenden mostrar la realidad de manera objetiva mediante la observación y el registro directo de las situaciones y personajes que se describen y con la explícita denuncia y demanda de transformación social;

El Modernismo de principios del siglo XX, primer movimiento hispanoamericano, que, basada en los movimientos parnasianista y simbolista, realiza la búsqueda de la belleza en la poética (los autores escribieron con un fin exclusivamente estético);

La Vanguardias como movimientos de ruptura de las estéticas anteriores, iniciadas por el Futurismo (con su éxtasis por todo aquello que significara progreso) y el Creacionismo (con la aparición de los caligramas) y realzadas por el Dadaísmo (que promovió el quebrantamiento de las normas, la liberación de la fantasía y la creación de un lenguaje incoherente) y el Surrealismo (que dio importancia al inconsciente y al mundo onírico, instaurando la “escritura automática”);

Las nuevas tendencias literarias hacia 1930, con la exposición ideológica y reflexiva mediante ensayos y la nueva percepción acerca de la figura del escritor en su relación con la sociedad y cuyas obras se dirigen a un mercado de bienes simbólicos, es decir el espacio donde circulan las obras literarias y adquieren un valor más allá del económico, según el reconocimiento del público y la crítica.

Al explorarse desde distintos sentidos, la literatura y la forma de percibirla fueron atravesando una serie de transformaciones. Cada movimiento literario con sus innovaciones, posturas, discrepancias y antagonismos han dejado su huella en la historia literaria. El análisis con respecto a esto sigue vigente en la actualidad gracias a las obras que los escritores fueron produciendo; a través de éstas fueron imponiendo, de manera particular, nuevas modas y tendencias de escritura.

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Published in: on 25 septiembre 2008 at 10:51 pm  Dejar un comentario  

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